ESTADO·ANáLISIS

Reestructurar el Estado no es cambiar nombres, fusionar oficinas ni reducir organigramas

Cada cierto tiempo, un gobierno anuncia una reforma del Estado que consiste en fusionar entidades, eliminar viceministerios o reducir plazas. El Perú necesita reorganizarse, pero la reforma que importa no se mide en cajas eliminadas del organigrama. Se mide en si el Estado empieza a operar mejor.

En el debate público peruano, «reestructurar el Estado» suele significar algo muy concreto: menos ministerios, menos organismos, menos personal. Es una idea fácil de comunicar. Un organigrama más corto parece, a primera vista, un Estado más eficiente.

Pero la apariencia engaña. Un Estado más pequeño en papel puede seguir funcionando igual de mal. Si las funciones siguen sin responsable claro, si los procesos siguen siendo los mismos y si nadie mide los resultados, el nuevo organigrama solo cambia la forma de dibujar los mismos problemas.

Este artículo propone invertir la pregunta. No se trata de discutir primero cuántas entidades debe haber, sino qué debe cambiar para que el Estado funcione. El organigrama debería ser la última decisión de una reforma, no la primera.

El problema no es si se puede reorganizar

El Perú no necesita inventar la posibilidad de reorganizar su Estado. El ordenamiento ya contempla mecanismos de fusión de entidades, cambio de adscripción y modificación de dependencias en determinados supuestos, conforme a la Ley Marco de Modernización de la Gestión del Estado (Ley 27658) y sus modificatorias.

La ruta jurídica concreta depende de cada entidad y de la norma que la regula. No toda modificación institucional se tramita por la misma vía: algunas requieren una ley, otras pueden hacerse por norma de menor rango. Pero el punto de fondo es que las herramientas existen.

Por eso la pregunta relevante no es si se puede reorganizar, sino qué cambia cuando se hace.

Cinco medidas que, por sí solas, no son una reforma

Hay decisiones que suelen presentarse como reforma del Estado y que, aisladas, no garantizan ninguna mejora:

  • Cambiar el nombre de una entidad. Una nueva denominación no modifica lo que la entidad hace ni cómo lo hace.
  • Fusionar dos oficinas que seguirán haciendo lo mismo. Si los procesos no cambian, la fusión solo suma dos burocracias bajo un mismo membrete.
  • Eliminar un viceministerio sin reasignar sus funciones. Las funciones no desaparecen con la estructura; quedan huérfanas o se reparten de manera improvisada.
  • Mover una entidad de un sector a otro. Cambiar de adscripción puede tener sentido, pero no mejora por sí mismo la calidad de lo que la entidad produce.
  • Reducir plazas sin rediseñar los procesos que las sostienen. Si el trabajo sigue siendo el mismo, menos personas lo harán más lento o peor.

Ninguna de estas medidas es mala en sí misma. Algunas pueden ser necesarias. El problema es tratarlas como el objetivo de la reforma, cuando en el mejor de los casos son su consecuencia. Ninguna demuestra, por sí sola, que el Estado vaya a operar mejor.

Siete planos de una reforma real

Si el organigrama no es la medida, ¿qué lo es? Mi posición es que una reforma del Estado debe cambiar, de manera verificable, siete planos de cómo opera:

PlanoLa pregunta que responde
CompetenciasQuién hace qué
ResponsabilidadQuién responde por el resultado
ProcesosCómo se ejecuta
DatosCon qué información se decide
TalentoQuién tiene la capacidad de hacerlo
TecnologíaQué infraestructura lo permite
MediciónCómo sabemos si funciona

Una reforma que solo toca la estructura deja intactos los siete. Una reforma que cambia los siete puede terminar con un organigrama distinto, pero ese organigrama será el reflejo de un Estado que funciona de otra manera, no un dibujo nuevo sobre el mismo funcionamiento.

Los planos están conectados. De poco sirve definir competencias si nadie responde por el resultado; de poco sirve rediseñar procesos sin datos confiables para operarlos; de poco sirve la tecnología si no existe talento capaz de usarla; y nada de lo anterior se puede evaluar sin medición.

Primero diseño institucional. Después organigrama

El organigrama es el resultado de haber decidido funciones, responsables y procesos. Cuando se dibuja primero, todo lo demás se acomoda al dibujo: las funciones se reparten para llenar las cajas, los procesos se adaptan a la nueva jerarquía y la medición se posterga. El orden importa.

El ahorro es consecuencia, no objetivo único

Una mejor arquitectura institucional puede costar menos. Puede reducir duplicidades, coordinación innecesaria y retrabajo. Pero el ahorro debe ser un resultado del rediseño, no su punto de partida.

Un recorte sin rediseño también tiene costos, solo que menos visibles. Se trasladan a los tiempos de atención, a la calidad del servicio o a las futuras gestiones, que heredan un Estado con menos capacidad y los mismos problemas. Por esa razón, esta serie no reutiliza cifras de ahorro de propuestas anteriores sin una nueva validación: prometer un ahorro preciso antes de rediseñar es poner el resultado antes que el diagnóstico.

Lo que haría diferente: la secuencia correcta

Propongo que cualquier reestructuración siga un orden explícito:

  1. Definir funciones y responsables por resultado. Antes de tocar una sola entidad, establecer qué resultados debe producir el Estado en ese ámbito y quién responde por cada uno.
  2. Rediseñar los procesos y los datos que los sostienen. Cómo se ejecuta cada función y con qué información se toman las decisiones.
  3. Dimensionar el talento necesario para operarlos. Cuántas personas, con qué perfiles y en qué posiciones, a partir de los procesos rediseñados y no de la planilla existente.
  4. Fijar cómo se medirá el resultado y quién lo reporta. Indicadores definidos antes de la reforma, no construidos después para justificarla.
  5. Solo entonces, ajustar la estructura y el organigrama. Fusionar, eliminar o crear entidades cuando el diseño lo exige, no como punto de partida.

Esta secuencia tiene una ventaja práctica: cada decisión estructural queda justificada por algo verificable. Si se propone fusionar dos entidades, debe poder explicarse qué funciones se integran, qué procesos cambian y qué indicador debería mejorar.

La objeción obvia: esto toma demasiado tiempo

El argumento contrario es conocido: los gobiernos tienen ventanas políticas cortas y una reforma que empieza por los procesos corre el riesgo de no llegar nunca a la estructura. Las fusiones y los recortes, en cambio, se pueden aprobar rápido y mostrar resultados inmediatos.

Es una objeción seria. Pero la rapidez de un cambio en el organigrama es engañosa: lo que se aprueba en semanas puede tardar años en asentarse, y si no se rediseñó el funcionamiento, el resultado es una entidad fusionada que opera como dos entidades mal coordinadas. La respuesta no es renunciar a los cambios estructurales, sino tomar la decisión estructural sobre un diseño ya definido. Definir funciones, responsables e indicadores no exige años; exige decidir con claridad antes de firmar.

Qué cambia para el ciudadano

Al ciudadano no le importa cuántos ministerios existen. Le importa cuánto demora un trámite, si la obra se termina, si el servicio funciona y si sabe a quién reclamar cuando no funciona. Una reforma que cambia cómo opera el Estado se nota en esas cosas. Una reforma que solo cambia el organigrama, no.

Hacia 2050

El Perú tendrá que reorganizar su Estado más de una vez en las próximas décadas. Las necesidades cambian, las tecnologías cambian y las instituciones deben adaptarse. Si cada reorganización se limita a mover cajas, el país acumulará cambios de nombre sin acumular capacidad. Si cada reorganización empieza por funciones, procesos, datos, talento y medición, cada ciclo dejará un Estado más capaz que el anterior.

Conclusión

Un Estado más pequeño en papel puede seguir funcionando igual de mal. La reforma que el Perú necesita no se mide en entidades eliminadas, sino en si el Estado empieza a operar de otra manera. Primero el diseño; después el organigrama.

Fuentes

  1. Ley 27658, Ley Marco de Modernización de la Gestión del Estado, y sus modificatorias.